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20 de octubre de 2026
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Análisis

Argentina, América Latina y el nuevo pacto hegemónico

20 octubre, 2026 Por Lucas Martín Gómez

8 min de lectura

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Argentina, América Latina y el nuevo pacto hegemónico

La dependencia no funciona únicamente desde afuera. También necesita actores internos capaces de convertir una estructura desigual en un orden aparentemente inevitable.


 

 

 

Romper la inercia del péndulo no constituye únicamente un problema técnico de política económica. Es también un problema político y geopolítico.

 

 

 

Una región atrapada en el péndulo

Sumida entre intentos de industrialización y sucesivos giros en materia de política económica y financiera, América Latina parece repetir un guion escrito, muchas veces, a miles de kilómetros de distancia. Para comprender esta oscilación crónica que atraviesa a la Argentina y a buena parte de la región, es necesario alejar la lupa de la coyuntura y observar una estructura histórica más amplia.

Una de las claves para hacerlo se encuentra en el pensamiento de Raúl Prebisch y en la tradición estructuralista de la CEPAL. Desde esta perspectiva, el sistema económico internacional se organizó alrededor de una relación asimétrica entre un centro, capaz de concentrar progreso técnico, producción industrial y mayores niveles de productividad, y una periferia especializada principalmente en la provisión de materias primas y productos de menor valor agregado.

El problema no consistía simplemente en que unos países exportaran productos industriales y otros bienes primarios. Para Prebisch, esta especialización reproducía desigualdades estructurales y podía deteriorar, a largo plazo, la capacidad de las economías periféricas para adquirir bienes producidos en los países industrializados. La propia CEPAL sigue identificando esta relación centro-periferia, el deterioro de los términos de intercambio y la restricción externa como componentes centrales del pensamiento prebischiano.

Es dentro de esta estructura donde puede plantearse la hipótesis central de este artículo: el pacto hegemónico.

 

 

No se trata de un documento firmado en una cumbre secreta ni de una coordinación necesariamente explícita, sino de una matriz de convergencias entre intereses externos y sectores dominantes internos. Desde esta perspectiva, la subordinación internacional de una economía periférica difícilmente podría mantenerse durante décadas sin la participación de fracciones locales cuyos intereses materiales se articulan con esa forma de inserción global.

 

La restricción externa: el límite recurrente

Una de las consecuencias de esa inserción periférica aparece en aquello que el estructuralismo latinoamericano identificó como restricción externa.
Las economías que necesitan importar tecnología, bienes de capital e insumos para expandir su producción requieren, al mismo tiempo, generar suficientes divisas para financiar esas importaciones. Cuando la disponibilidad de dólares u otras monedas internacionales resulta insuficiente, el crecimiento tropieza con un límite.

El problema deriva entonces en crisis recurrentes de balanza de pagos, presiones devaluatorias y ciclos de ajuste que interrumpen los procesos de industrialización. Prebisch consideraba precisamente estas crisis como uno de los principales obstáculos para sostener el crecimiento latinoamericano y superar una estructura productiva dependiente.

La historia económica argentina puede leerse, en buena medida, a través de esa dificultad persistente: crecer sin encontrar nuevamente el límite de las divisas.

 

Del poder de los Estados al poder financiero transnacional

El siglo XXI complejizó todavía más este escenario. Los Estados continúan siendo actores fundamentales del sistema internacional, pero comparten capacidad de influencia con grandes conglomerados financieros, empresas transnacionales, fondos de inversión y organismos capaces de condicionar decisiones económicas más allá de las fronteras nacionales.

Desde la perspectiva propuesta aquí, puede hablarse de una oligarquía financiera transnacional cuyos intereses no siempre coinciden con los de las comunidades políticas sobre las cuales operan. Las luchas contemporáneas por el poder, por lo tanto, ocurren en varios niveles: entre Estados, entre grandes bloques geopolíticos y también entre actores económicos capaces de intervenir sobre las decisiones nacionales.

En ese marco existe una verdadera dialéctica de potencias por determinar quién controla recursos, tecnologías, circuitos financieros y áreas de influencia.

Pero la discusión sobre las consecuencias sociales de las transformaciones económicas no comenzó con la globalización contemporánea. A fines del siglo XIX, León XIII abordó en Rerum Novarum el conflicto generado por la industrialización, la concentración de la riqueza y las nuevas relaciones entre capital y trabajo.

Desde la tradición del humanismo cristiano, aquella encíclica introdujo una reflexión sobre la dignidad del trabajador, los límites del poder económico y las responsabilidades sociales frente a las desigualdades provocadas por la modernización. Ese legado puede recuperarse como parte de una tradición que busca colocar a la persona y al bien común en el centro de la organización económica.

 

Industrialización, ampliación y reacción

Durante las fases de ampliación, el péndulo se desplaza hacia proyectos que buscan fortalecer el interés nacional. Surgen alianzas policlasistas, se impulsa la sustitución de importaciones, se amplían derechos, se fortalece la intervención estatal y se intenta desarrollar una política exterior con mayores márgenes de autonomía. La nación parece ponerse de pie.

Pero esos procesos también alteran la distribución del ingreso, la rentabilidad de determinados sectores y la estructura del poder económico. Allí aparecen las resistencias de aquellos actores que perciben esas transformaciones como una amenaza a sus posiciones históricas.

Durante décadas, la narrativa del orden liberal presentó a la democracia liberal, los derechos individuales, el libre mercado y el multilateralismo como componentes de un mismo horizonte de progreso. El actual reordenamiento geopolítico, sin embargo, permite observar con mayor claridad que las grandes potencias no aplican esos principios de manera uniforme cuando entran en conflicto con sus propios intereses estratégicos.

La política internacional continúa siendo también una disputa por poder, recursos y capacidad de decisión.

 

Basualdo y la oligarquía diversificada

En el caso argentino, el trabajo del economista e historiador Eduardo Basualdo ofrece herramientas fundamentales para analizar las transformaciones estructurales producidas desde la última dictadura militar y profundizadas durante las décadas posteriores. Uno de los conceptos relevantes dentro de su interpretación es el de oligarquía diversificada.

La crisis del modelo agroexportador y el avance de la industrialización por sustitución de importaciones no hicieron desaparecer a las familias y grupos económicos tradicionales. Parte de esos capitales se diversificaron hacia la industria, las finanzas y los servicios sin abandonar necesariamente sus intereses agropecuarios.

De esa manera se configuró una fracción del poder económico capaz de combinar actividades productivas, financieras y agroexportadoras, así como vínculos con capitales extranjeros.

Para Basualdo, las transformaciones iniciadas por la dictadura de 1976 resultaron decisivas porque inauguraron un nuevo patrón de acumulación basado crecientemente en la valorización financiera, el endeudamiento externo y la fuga de capitales. Su análisis sitúa precisamente a los grupos económicos que integraban esa oligarquía diversificada como una fracción central dentro del bloque de poder.

La dictadura no significó solamente un cambio político: produjo también una modificación profunda de la estructura económica argentina.

 

Burguesía nacional y valorización financiera

A partir de allí puede observarse una disputa entre diferentes formas de acumulación.

Por un lado, una burguesía nacional vinculada principalmente con pequeñas y medianas empresas, la producción, el mercado interno y el desarrollo industrial. Por otro, grandes grupos económicos cuya rentabilidad puede encontrarse cada vez más asociada a las finanzas, el endeudamiento, la valorización de activos y mecanismos de transferencia de recursos.

La oposición no debe entenderse como una separación absoluta entre empresarios “productivos” y “financieros”. Los grandes capitales suelen operar simultáneamente en múltiples sectores. La distinción resulta útil, sin embargo, para comprender dos lógicas diferentes acerca del desarrollo económico y del lugar que ocupa el territorio nacional dentro de las estrategias de acumulación. Esto también modifica la forma de comprender al Estado.

El Estado deja de aparecer simplemente como un árbitro neutral colocado por encima de los conflictos sociales y puede ser entendido como un territorio de disputa, atravesado por actores que buscan orientar regulaciones, transferencias, políticas tributarias, comercio exterior, financiamiento y decisiones estratégicas de acuerdo con sus intereses.

 

La batalla por el sentido común

La disputa entre las élites subordinadas a intereses externos y un proyecto de interés nacional no se libra únicamente en las instituciones, en los ministerios o en el precio del dólar. También se libra en el sentido común.

La hegemonía alcanza uno de sus mayores grados de eficacia cuando determinados intereses particulares logran presentarse como universales. Cuando aquello que beneficia a una fracción específica de la sociedad comienza a ser percibido como aquello que inevitablemente beneficia al conjunto.

Desde esta perspectiva, la periferia no se reproduce únicamente mediante relaciones económicas: necesita también narrativas capaces de legitimar esas relaciones.

El libre comercio constituye un ejemplo especialmente revelador. Con frecuencia es presentado como un principio universal, aunque la historia de las grandes potencias económicas muestra combinaciones mucho más complejas de apertura, protección, subsidios, planificación industrial y política tecnológica.

Por eso, discutir el desarrollo latinoamericano supone discutir también quién define aquello que una sociedad considera posible, moderno o inevitable.

 

América Latina frente a un destino inconcluso

América Latina en general, y la Argentina en particular, continúan enfrentando un destino inconcluso.

Romper la inercia del péndulo no constituye únicamente un problema técnico de política económica. Es también un problema político y geopolítico.
Supone preguntarse quién controla los recursos, cómo se distribuye el excedente, qué sectores productivos se promueven, quién financia el desarrollo y cuáles son los márgenes reales de autonomía frente al sistema internacional.

Desde la hipótesis planteada en este artículo, romper el pacto hegemónico exige construir un poder nacional capaz de alterar los incentivos que históricamente vincularon a sectores dominantes internos con formas de inserción internacional que reproducen la dependencia.

La cuestión podría formularse en términos muy sencillos: que los actores económicamente más poderosos vinculen su propio destino al desarrollo del territorio en el que operan.

De lo contrario, la Argentina corre el riesgo de continuar funcionando como el ensayo interminable de una nación que intenta desarrollarse, retrocede y vuelve nuevamente al punto de partida.

 

¿Crisis permanente o transición?

Existe, finalmente, otra pregunta que atraviesa esta discusión. Vivimos rodeados de discursos sobre crisis: crisis económica, crisis ambiental, crisis de representación, crisis de valores, crisis geopolítica.

Pero ¿la crisis es realmente una anomalía dentro de un sistema normalmente estable? ¿O estamos utilizando la estabilidad como parámetro para interpretar un mundo cuyo funcionamiento histórico está marcado precisamente por conflictos, rupturas y reorganizaciones permanentes?

La idea contemporánea de policrisis intenta describir justamente la superposición de múltiples tensiones económicas, políticas, climáticas y geopolíticas. Sin embargo, incluso esa expresión debería evitar convertirse en una explicación automática de todo lo que ocurre. Ninguna crisis es eterna.

Puede ser una ruptura, una transición o el momento en que determinadas contradicciones dejan de poder administrarse como antes. Para América Latina, la cuestión fundamental sigue siendo cómo transformar esas rupturas en capacidad política.

Porque antes de reconstruir una unidad perdida es necesario algo todavía más difícil: construir conciencia acerca de por qué esa unidad resulta necesaria.