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Análisis

El mapa definitivo de la ciencia política

14 septiembre, 2026 Por Matias Boglione

11 min de lectura

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El mapa definitivo de la ciencia política

La ciencia política lleva más de dos mil años intentando responder algunas preguntas y apenas unas décadas descubriendo que muchas estaban mal formuladas.


Por Matias Boglione, Director de EDP.

El mapa definitivo de la ciencia política siempre llegará tarde al territorio que pretende representar, porque todo método ilumina una parte del territorio, mientras deja otras zonas en penumbra.

¿Dónde está la política?

Dibujar un «mapa definitivo de la ciencia política» tiene más de gancho que de realidad, ya que la tarea está atraesada por una paradoja fundante: cada vez que creemos haber localizado sus fronteras, aparece un fenómeno que nos obliga a modificarlas.

Durante siglos, estudiar la política y lo político, significó pensar el gobierno, las leyes, la guerra o las formas de organización de una comunidad. Pero hoy también nos exige ampliar el repertorio de preguntas para incluir algoritmos, emociones, plataformas digitales, mercados globales, movimientos sociales, identidades e inteligencia artificial.

Por eso conviene partir por el objeto mismo, que es nuestra principal dificultad. ¿Dónde está la política? En un parlamento, evidentemente, pero también en una huelga, una frontera, una red social, una decisión presupuestaria o una disputa sobre quién merece ser reconocido como ciudadano. Allí donde se distribuyen recursos, se establecen reglas, se legitiman autoridades o se enfrentan proyectos colectivos aparece alguna de las materias primas de la ciencia política.

Por eso, quizás la imagen más cercana sea la de un atlas compuesto por distintas capas que incluyan su historia, sus grandes campos, sus métodos, sus geografías y sus nuevas fronteras.

De Aristóteles a las encuestas de opinión

La ciencia política no nació con un objeto perfectamente definido. Durante siglos formó parte de una reflexión más amplia sobre el gobierno, la justicia y la vida en común. Platón y Aristóteles comenzaron discutiendo quién debía gobernar y qué formas de organización podían considerarse mejores; Aristóteles, además, comparó constituciones de distintas polis, anticipando la práctica comparativa que todavía define a la disciplina.

Con la llegada del Estado moderno cambiaron las preguntas. Maquiavelo analizó el poder con una autonomía inédita respecto de la moral religiosa; Hobbes, Locke y Rousseau discutieron soberanía, contrato social y legitimidad. Mientras tanto, las promesas universalistas de ciudadanía exhibían sus propias limitaciones, ya que, a fines del siglo XVIII, Mary Wollstonecraft ya cuestionaba que unos derechos proclamados como universales dejaran a las mujeres fuera de la comunidad política plena.

El siglo XIX amplió nuevamente el mapa. Tocqueville examinó las tensiones de la democracia de masas; Marx vinculó poder político, capitalismo y conflicto de clases; Weber estudió dominación, burocracia y tipos de autoridad. El poder empezaba a aparecer menos como una simple posesión del gobernante y más como una relación sostenida por instituciones, estructuras económicas y formas de legitimidad.

La ciencia política se consolidó como disciplina académica principalmente durante el siglo XX. El conductismo, asociado a autores como David Easton y Gabriel Almond, impulsó el estudio sistemático del comportamiento mediante encuestas, estadísticas y comparación. El pluralismo de Robert Dahl se preguntó cómo distintos grupos compiten por influir en las decisiones, mientras que la elección racional comenzó a modelar a ciudadanos, partidos y dirigentes como actores estratégicos que responden a incentivos.

Desde las décadas de 1970 y 1980, aquel predominio comenzó a fragmentarse. El nuevo institucionalismo recuperó la importancia de reglas, organizaciones y trayectorias históricas; mientras que las teorías críticas volvieron sobre conflicto, ideología y hegemonía. Paralelamente, la ciencia política feminista, con autoras como Carole Pateman, Susan Moller Okin o Iris Marion Young, cuestionó una disciplina que había tratado durante demasiado tiempo a la familia, los cuidados, la división sexual del trabajo y las desigualdades de género como asuntos periféricos.

La historia de la ciencia política puede leerse, así, como una ampliación sucesiva de sus preguntas que, con cada generación, modifica aquello que considera poder, quiénes participan de él y qué fenómenos merecen ser reconocidos como políticos.

El archipiélago politológico

A medida que la disciplina se expandió, también comenzó a dividirse en grandes subcampos. Esas fronteras ayudan a ordenar preguntas y tradiciones de investigación, aunque casi nunca coinciden con la forma en que los problemas políticos aparecen en la realidad.

La teoría política trabaja sobre conceptos como libertad, igualdad, justicia, democracia, autoridad y poder. Allí conviven tradiciones muy distintas: desde el liberalismo de John Rawls hasta las críticas de Hannah Arendt, Michel Foucault, Chantal Mouffe o Iris Marion Young. Más que ofrecer una única definición de la política, este campo discute qué debería considerarse justo, legítimo o democrático y bajo qué condiciones.

La política comparada estudia regímenes, partidos, elecciones, instituciones, movimientos sociales y procesos de democratización o autoritarismo. Giovanni Sartori insistió en la importancia de comparar conceptos con precisión; Robert Dahl analizó las condiciones de la poliarquía y Theda Skocpol mostró cómo Estados, estructuras sociales y coyunturas históricas podían explicar grandes transformaciones políticas. En América Latina, Guillermo O’Donnell convirtió las transiciones democráticas y sus límites en problemas centrales.

Las relaciones internacionales examinan guerra, cooperación, seguridad y orden global. El realismo de Morgenthau puso el poder y el interés estatal en primer plano; el liberalismo institucional destacó la cooperación, mientras que el constructivismo de Wendt mostró que identidades y normas también moldean la política mundial. Las perspectivas feministas, con autoras como Tickner, cuestionaron además qué actores y experiencias quedaban invisibilizados por las teorías tradicionales.

Las políticas públicas y la administración observan cómo ciertos problemas llegan a la agenda, cómo se toman decisiones y por qué su implementación produce resultados inesperados. Ostrom, por ejemplo, desafió la idea de que los recursos comunes sólo podían gestionarse mediante el Estado o el mercado, mostrando la importancia de reglas e instituciones construidas colectivamente.

La economía política conecta poder, mercados, desarrollo y desigualdad, mientras que los estudios de comportamiento y comunicación política analizan voto, opinión pública, campañas, emociones, medios y plataformas digitales.

La particularidad de la ciencia política es que estos territorios se superponen constantemente. Una investigación sobre desinformación electoral puede involucrar comunicación, comportamiento, regulación estatal, empresas tecnológicas y comparación entre democracias. El mapa disciplinar resulta útil precisamente cuando permite cruzar sus fronteras, no cuando las convierte en murallas impenetrables.

La guerra por el método

La ciencia política también se define por una discusión persistente: cómo sabemos aquello que afirmamos sobre la política. Detrás de cada investigación hay decisiones sobre qué observar, cómo hacerlo y qué tipo de explicación consideramos válida.

¿Por qué una persona vota a determinado candidato? Un enfoque cuantitativo puede analizar miles de encuestas y buscar relaciones entre voto, edad, ingresos, educación o ideología. Una investigación cualitativa puede realizar entrevistas para reconstruir cómo las personas interpretan su decisión. También podemos comparar elecciones entre países, estudiar discursos de campaña, reconstruir procesos históricos o diseñar experimentos para observar cómo determinados mensajes modifican actitudes.

Durante buena parte del siglo XX, el positivismo y el conductismo impulsaron la búsqueda de regularidades observables y explicaciones causales. Más tarde, obras como Designing Social Inquiry, de King, Keohane y Verba, intentaron establecer criterios comunes para producir inferencias rigurosas incluso utilizando métodos diferentes. En paralelo, las perspectivas interpretativas cuestionaron que comprender la política pudiera reducirse siempre a medir variables y propusieron indagaciones en torno a significados, identidades, discursos y contextos también forman parte de aquello que debe explicarse.

De allí provienen algunas de las grandes tensiones metodológicas de la disciplina: cuantitativo o cualitativo, explicación causal o comprensión interpretativa, grandes comparaciones o estudios intensivos de pocos casos. Con el tiempo, esas oposiciones se volvieron menos rígidas. Ragin desarrolló estrategias comparativas capaces de combinar casos y configuraciones causales, mientras que la tradición de métodos mixtos mostró que diferentes herramientas pueden responder distintas partes de una misma pregunta.

La revolución digital amplió todavía más el repertorio. Análisis de redes, grandes bases de datos, experimentos en línea, procesamiento automatizado de textos y aprendizaje automático permiten estudiar fenómenos antes inaccesibles por su escala.

Esa capacidad trae consigo una advertencia: tener más datos no equivale a comprender mejor la política. Una correlación puede revelar un patrón, pero todavía queda explicar por qué existe, bajo qué condiciones se produce y qué significado adquiere para quienes participan de él.

Todo método permite enfocar una parte del territorio; pero es imprescindible recordar qué está quedando fuera del encuadre.

¿Existe una ciencia política universal?

Toda disciplina construye conceptos para ordenar la realidad. El problema aparece cuando esos conceptos, nacidos en contextos históricos concretos, comienzan a presentarse como si describieran de la misma manera a todas las sociedades.

La ciencia política contemporánea se institucionalizó sobre todo en universidades europeas y estadounidenses. Por lo tanto, buena parte de su vocabulario central, como Estado moderno, ciudadanía, democracia liberal, representación, burocracia o sistema de partidos, surgió de esas trayectorias. Durante décadas, muchas investigaciones sobre otras regiones se organizaron a partir de una pregunta implícita: cuánto se acercaban o se alejaban de aquel modelo.

América Latina obligó a revisar esa mirada. Las teorías de la dependencia, asociadas a autores como Cardoso y Faletto, mostraron que desarrollo y subdesarrollo debían pensarse como procesos relacionados dentro de una estructura internacional desigual. O’Donnell estudió el Estado burocrático-autoritario y luego las democracias delegativas, señalando que la democratización no llevaba automáticamente a instituciones liberales estables. Y Laclau, por su parte, convirtió el populismo en un problema teórico más complejo que una simple desviación respecto de una democracia considerada “normal”.

Las experiencias africanas y asiáticas plantearon interrogantes semejantes. Estados formados bajo dominio colonial, fronteras impuestas, modelos diversos de desarrollo y relaciones diferentes entre religión, comunidad y autoridad mostraron los límites de trasladar mecánicamente categorías construidas en Occidente.

Las perspectivas poscoloniales y decoloniales profundizaron esta crítica. Quijano propuso el concepto de colonialidad del poder para describir jerarquías que sobrevivieron al fin formal del colonialismo. Autores como Dussel o Mignolo discutieron, desde distintos enfoques, quién produce conocimiento legítimo y desde qué lugares. A su vez, pensadoras como Spivak o Mohanty mostraron que género, colonialismo y representación tampoco podían analizarse como problemas separados.

Sin embargo, la cuestión no consiste en reemplazar un canon occidental por otro geográfico. El desafío es, más bien, distinguir qué conceptos permiten comparar experiencias diferentes y cuáles convierten una trayectoria particular en medida universal. La ciencia política gana capacidad explicativa cuando reconoce que sus teorías también tienen una historia, una ubicación y un punto de vista.

Las fronteras móviles del poder

Durante buena parte del siglo XX, el Estado fue la unidad privilegiada de la ciencia política. Allí se buscaban la autoridad, la soberanía, la burocracia, las instituciones y buena parte de los conflictos decisivos. Esa centralidad sigue siendo fundamental, pero hace tiempo dejó de ser suficiente.

Michel Foucault contribuyó a desplazar la mirada al mostrar que el poder también opera a través de disciplinas, saberes, normas y dispositivos que atraviesan instituciones y cuerpos. Conceptos como biopolítica y gubernamentalidad ampliaron el análisis más allá de las decisiones formales del gobierno. Desde otra tradición, Susan Strange habló de poder estructural para explicar cómo mercados y actores económicos pueden definir las condiciones dentro de las cuales los Estados toman decisiones.

Desde finales del siglo XX, nociones como gobernanza, redes de políticas y gobernanza multinivel intentaron captar un escenario donde las decisiones públicas involucran cada vez más a organismos internacionales, gobiernos subnacionales, empresas, organizaciones sociales y expertos. El poder político comenzó a aparecer menos concentrado en un único centro y más distribuido entre actores interdependientes.

La digitalización profundizó este desplazamiento. Las grandes plataformas privadas administran infraestructuras donde se informa, se organiza y debate buena parte de la ciudadanía. Deciden reglas de moderación, diseñan algoritmos de visibilidad y acumulan cantidades extraordinarias de datos. La discusión sobre el poder de las plataformas obliga así a estudiar actores que ejercen funciones de regulación sin poseer formalmente autoridad estatal.

La inteligencia artificial agrega nuevas preguntas: quién diseña los sistemas automatizados, con qué datos son entrenados, qué sesgos reproducen y qué ocurre cuando comienzan a intervenir en decisiones administrativas, vigilancia, campañas electorales o producción de información política.

Cambio climático, migraciones, cadenas globales de producción y nuevas formas de guerra presentan un desafío semejante, porque atraviesan fronteras y conectan escalas locales, nacionales y globales.

La pregunta clásica, “¿quién gobierna?”, sigue siendo extraordinariamente útil. La diferencia es que ahora debemos formularla allí donde el poder se ejerce, incluso cuando quien gobierna no ocupa ningún cargo público.

Un mapa condenado a quedar incompleto

Podríamos representar la ciencia política como una sucesión de autores, una genealogía de escuelas o una clasificación de subcampos. Cada una de esas opciones ordena el campo, pero ninguna alcanza por sí sola para explicar qué mantiene unida a una disciplina tan heterogénea.

Una posible respuesta está en algunas preguntas que sobreviven a los cambios de época. Lasswell condensó una de ellas en una fórmula célebre: quién obtiene qué, cuándo y cómo. A esa pregunta pueden sumarse otras igual de persistentes como quién gobierna, por qué obedecemos, cómo se legitima una autoridad, de qué manera se distribuyen recursos, qué instituciones organizan el conflicto y bajo qué condiciones una sociedad acepta o disputa sus reglas.

Lo que cambia históricamente es el lugar donde buscamos las respuestas. Aristóteles observaba constituciones; Marx, clases y relaciones económicas; Weber, burocracias y formas de dominación; Dahl, la competencia entre grupos; las teorías feministas, las relaciones de poder ocultas tras la división entre lo público y lo privado; las perspectivas decoloniales, las jerarquías construidas por el colonialismo. Hoy, la ciencia política también debe mirar plataformas, algoritmos, corporaciones globales y redes transnacionales.

Ese desplazamiento explica por qué ningún mapa puede considerarse definitivo. La ciencia política modifica sus herramientas y sus conceptos porque también se transforman las formas bajo las cuales aparece el poder.

Quizás su unidad no dependa, entonces, de poseer un objeto perfectamente delimitado, sino de una obsesión intelectual bastante más duradera que consiste en comprender cómo se organiza, distribuye, legitima y disputa el poder en sociedades que nunca dejan de cambiar.