La identidad no produce automáticamente el conflicto. El problema comienza cuando una comunidad transforma su propia cosmovisión en una verdad que pretende imponer sobre las demás. | Imagen: El rapto de las sabinas (Jacques-Louis David).
Por Lionel Corajuria.
La gente usa la política no sólo para promover sus intereses, sino también para definir su identidad.
¿Un mundo construido contra el otro?
Durante la Guerra Fría, la política global presentó una bipolaridad relativamente estable y el mundo quedó dividido en tres grandes espacios. Luego llegó el llamado momento unipolar de los años noventa, caracterizado por las intervenciones en nombre de los derechos humanos, las misiones humanitarias y la estabilización de los llamados “Estados fallidos”. Finalmente, tras 2001, la doctrina Bush colocó en el centro de la política exterior la lucha contra el denominado “eje del mal”. Sin embargo, el balance negativo de muchas de aquellas operaciones produjo un giro crítico en la política global.
Actualmente, el escenario internacional se ha vuelto multipolar y multicivilizacional, en buena medida por el surgimiento de nuevos polos con capacidad de acción regional e incluso global, como es el caso de China. Según Huntington, las distinciones más importantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas ni económicas, sino culturales. Personas y naciones buscan responder a una pregunta básica: ¿quiénes somos? Y las respuestas remiten a aquello que consideran más importante.
La gente se define desde la genealogía, la religión, la lengua, la historia, los valores, las costumbres y las instituciones. Así, se identifica con grupos culturales: tribus, grupos étnicos, comunidades religiosas, naciones y, en el nivel más amplio, civilizaciones. La política no se utiliza solamente para promover intereses, sino también para definir identidades. Se establecen campos de solidaridad cuando algo nos define y, al mismo tiempo, cuando sabemos qué es aquello que no nos define.
En el sistema internacional, los Estados-nación siguen siendo los actores principales y sus motivaciones primigenias (estabilidad, seguridad y poder) no han cambiado. Sin embargo, se han agregado preferencias, coincidencias y diferencias culturales que también condicionan los alineamientos dentro del sistema.
Sobre este panorama surge la pregunta por la identidad como fuente de conflicto. Nuestra hipótesis es que, en el ámbito internacional, el problema no es necesariamente la identidad en sí misma, sino la pretensión de universalismo y la voluntad de “civilización” que una cultura intenta imponer sobre otra. Entre grupos más pequeños, en cambio, la identidad sí puede convertirse en fuente de conflicto bajo criterios estrictamente políticos.
Pertenencia, comunidad e intereses
En primer lugar, tendríamos que preguntarnos qué es la identidad. Una primera aproximación, quizás demasiado simplista, sería decir: “es quién soy y de dónde pertenezco”. Sin embargo, la cuestión es mucho más compleja. ¿Qué es lo que me hace ser como soy? ¿Y qué es aquello que, dentro de esa individualidad, comparto con quien está a mi lado y que, al mismo tiempo, me diferencia de otros?
Según el Diccionario de la Real Academia Española, la identidad es el “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás”. Por lo tanto, el concepto posee aristas tanto macro como micro. Rodríguez y Del Carril señalan que una nación puede entenderse como un grupo humano que posee una afinidad común como consecuencia de la interacción entre sus miembros. Esa afinidad puede apoyarse en elementos objetivos como el grupo étnico, la religión, el idioma, la cultura compartida, los usos y las costumbres.
Sin embargo, el sentido de pertenencia e identidad entre los miembros de esa comunidad resulta decisivo para hablar de una nación. Allí aparece el “deseo de vivir en comunidad”. Desde una perspectiva constructivista, quienes actúan e impactan sobre el plano internacional son los pueblos, las élites y las diferentes culturas. Por eso, “las identidades son necesarias, tanto en política internacional como en la sociedad nacional doméstica, a los fines de asegurar al menos algún nivel mínimo de predictibilidad y orden”.
Por otro lado, para el realismo los intereses y las identidades se encuentran vinculados con la búsqueda de la supervivencia. En definitiva, “la identidad nacional da forma a los intereses nacionales, y estos a su vez generan las preferencias estatales en situaciones o áreas específicas”.
Aquí aparece el primer problema: ¿qué sucede cuando ese “deseo de vivir en comunidad”, construido sobre intereses e identidad nacional, choca con pretensiones derivadas de preferencias estatales que se proyectan hacia el escenario internacional?
Universalismo, civilización y conflicto
Para Huntington , la fuente fundamental de los conflictos en el mundo posterior a la Guerra Fría no posee raíces principalmente ideológicas o económicas, sino culturales. De allí su conocida tesis del “choque de civilizaciones”: a medida que las sociedades se definen con mayor intensidad por su etnia, religión o pertenencia cultural, aumentan las posibilidades de enfrentamiento entre civilizaciones que no comparten los mismos valores.
En ese sentido, los atentados del 11 de septiembre de 2001 funcionaron como catalizador para que Occidente proyectara los ideales de paz y democracia sobre su lucha contra el terrorismo. Sin embargo, la historia mostró que las sociedades poseen idiosincrasias propias que moldean sus instituciones. Esto resulta especialmente visible en Oriente Medio, donde en numerosas sociedades la religión permanece estrechamente vinculada con la actividad política.
En lugar de producir siempre el efecto deseado (pacificación y democracia), muchas de estas intervenciones contribuyeron a profundizar polarizaciones internas, procesos de radicalización y sentimientos de hostilidad hacia Occidente.
Las pretensiones universalistas occidentales han generado conflictos con otras civilizaciones, de manera especialmente grave con sectores del mundo islámico y, en otro registro, en la creciente competencia con China. El avance de estas pretensiones puede producir además solidaridad entre países cultural o políticamente afines, reconfigurando alianzas y tensionando un orden internacional estable.
En definitiva, en algunos casos se consiguió lo contrario de aquello que se buscaba. Estados receptores de las pretensiones occidentales experimentaron hostilidad por parte de grupos internos alimentados por faccionalismos y polarizaciones surgidos o intensificados durante los propios procesos de “democratización”. El ejemplo más evidente aparece en Afganistán, donde dos décadas de intervención no lograron transformar de manera duradera la estructura política ni consolidar una democratización estable.
El enemigo interno o cuando la diferencia se vuelve política
La segunda cuestión es diferente: ¿qué es lo que me hace hostil hacia otro cuando ese otro pertenece a mi mismo país? ¿Qué elementos entran en escena?
Tomando la clásica dicotomía del conflicto elaborada por Carl Schmitt en El concepto de lo político, durante la República de Weimar, el criterio distintivo de lo político es la distinción amigo-enemigo. Esta distinción prescinde de elementos estéticos —lindo o feo— e incluso valorativos —bueno o malo—. Representa, en cambio, el grado máximo de unión o desunión entre personas.
La distinción puede permanecer dentro de un estado pacífico y mutable, donde las divisiones entre amigos y enemigos varían por cuestiones políticas, alianzas o intereses económicos. Pero también puede alcanzar un estado propiamente existencial, en el cual la separación llega a tal intensidad que la sola existencia de uno parece atentar contra la supervivencia del otro.
Esta idea ha sido retomada numerosas veces para explicar guerras entre Estados, guerras civiles, conflictos irregulares y luchas partisanas. Schmitt señala que en la lucha partisana prima un carácter político y psicológico particularmente intenso. Allí, aquellos identificados como “enemigos” pueden ser combatidos transgrediendo las normas y convenciones ordinarias de la guerra. Ese enemigo ya no es simplemente un adversario: se convierte en alguien cuya existencia parece incompatible con la propia.
Entonces, ¿qué genera semejante diferenciación como para que la eliminación del otro termine siendo concebida como una posibilidad? Creemos que, en muchos casos, la búsqueda de la propia supervivencia ocupa un lugar central. Pero esa supervivencia no abarca solamente la propiedad, la libertad o la vida. Incluye también los modos de vida, las costumbres y los valores: aquello que subjetivamente constituye el núcleo de importancia de una existencia.
Aparece entonces el miedo a perder aquello que define quién soy y a quedar sometido a reglas ajenas que no se adecuan a mis costumbres ni a mis ideales morales. Bajo contextos de inseguridad, determinados populismos pueden alimentar la xenofobia y profundizar distintas formas de violencia. Del mismo modo, los debates alrededor de la inmigración irregular suelen articular temores vinculados con la inseguridad física, la competencia laboral, el acceso a servicios sanitarios, la suficiencia económica o el aumento de los impuestos.
Bajo esas premisas, la presencia del otro puede comenzar a percibirse como una amenaza contra los propios valores y la supervivencia colectiva. La diferencia deja entonces de ser simplemente una diferencia, el otro pasa a ser construido políticamente como enemigo. Allí la identidad y el conflicto quedan enlazados de manera directa.
La identidad como trinchera
La identidad es algo intangible que parte de la propia consideración y en cuya construcción se entremezclan múltiples dimensiones. Podemos incluir la pertenencia geográfica (Occidente, Oriente, Oriente Medio, Latinoamérica), pero esa pertenencia no constituye solamente una forma de designar una región o un país. También contiene una historia arraigada y una serie de prácticas que subyacen a la vida cotidiana.
Incluye, además, un conjunto de creencias, valores, actitudes y formas de entender el mundo, condicionado incluso por cuestiones externas como el clima. También supone maneras diferentes de situarse ante la vida, las relaciones humanas, las artes, la cocina o el comercio.
En definitiva, la identidad representa una cosmovisión y, en muchos casos, puede resultar difícil de compatibilizar con otras. Eso no significa que una sea correcta y las demás equivocadas. Significa, simplemente, que son diferentes.
En una época en la que los Estados vuelven su atención hacia sí mismos para enfrentar la inestabilidad de la pospandemia, las guerras, las migraciones, los problemas de seguridad y la cuestión energética, mientras la globalización se reconfigura bajo nuevos parámetros geográficos, las identidades nacionales vuelven a adquirir centralidad. Con ellas reaparecen también conflictos alrededor de las diferencias, las necesidades y la propia seguridad.
Por eso, uno de los principales desafíos consiste en tolerar al otro con sus diferencias y, al mismo tiempo, evitar la imposición de una cosmovisión sobre las demás. Esto configura una espiral. Mi identidad se construye a partir de las diferencias y, en parte, también frente a ellas. El “otro” cumple por lo tanto un papel determinante en la formación de aquello que soy. Como señala Krause, las identidades políticas surgen de procesos de exclusión y marginación que intervienen en la construcción de relatos históricamente específicos dentro de comunidades espacialmente delimitadas.
El desafío final posee dos aristas. Por un lado, requiere la aceptación de un sistema internacional basado en reglas, de manera que ningún Estado pueda situarse por encima de los demás para imponer su cosmovisión, pero también que otros actores no busquen imponer o subvertir de manera radical el orden dentro de terceros Estados. En otras palabras, se trata de evitar tanto la “democratización” forzosa de Occidente como la imposición religiosa mediante mecanismos políticos reaccionarios o terroristas.
Por otro lado, corresponde a los Estados pacificar sus propias sociedades para evitar que el criterio distintivo de lo político descrito por Schmitt alcance un punto en el que ponga en peligro el orden, la supervivencia estatal o el monopolio legítimo de la fuerza.
Finalmente, resulta imperioso responder a una pregunta todavía abierta: ¿cómo compatibilizar las diferencias para que personas con identidades distintas puedan vivir en paz dentro de un mismo territorio y, pese a esas diferencias, quieran seguir perteneciendo a la misma comunidad?
Una primera aproximación podría ser reservar las cuestiones religiosas para el ámbito privado. Sin embargo, incluso esa respuesta presenta límites, porque las tradiciones propias de una sociedad y de un Estado tienden a proyectarse sobre las minorías étnicas y religiosas. El verdadero desafío no consiste entonces en eliminar las identidades, sino en impedir que se conviertan en trincheras desde las cuales la convivencia solo pueda imaginarse como una derrota del otro.