los redonditos de ricota

El poder político de la música popular: una banda de combate

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La muerte del Indio Solari abrió una escena política. Los miles que lo lloran no fueron a despedir a un músico; fueron a reclamar un lugar en la memoria colectiva de un pueblo que el poder no sabe representar.


Por Dr. Matias Boglione, Director de EDP.

La música del Indio Solari fue incómoda porque no se limitó a denunciar el poder como un adolescente que recién descubre el punk, sino porque construyó una forma popular de percibirlo con sospecha y cuestionarlo colectivamente desde los márgenes.

Una banda de combate

La muerte del Indio Solari no produjo solamente una despedida. Produjo una auténtica escena política. A sus 77 años, Carlos Alberto Solari murió el 5 de junio de 2026. AP lo describió como una figura central del rock argentino, un ícono cultural nacido al calor de la transición democrática, con canciones de tono rebelde que calaron en públicos atravesados por crisis políticas y económicas recurrentes. El dato nos importa porque el Indio fue una forma bien argentina de entender la vida a la intemperie. Su muerte activó homenajes espontáneos, reuniones en plazas y una despedida multitudinaria que mostró hasta dónde una obra puede meterse en la vida de la gente.

En Villa Domínico, la fila llegó a extenderse casi siete kilómetros, hasta el Puente Pueyrredón, y algunas estimaciones hablaban de unas 15 mil personas por hora pasando a despedirlo. En Plaza de Mayo, en La Plata, Rosario, Mar del Plata y otras ciudades, las misas ricoteras se multiplicaron como si el país necesitara un rito común para procesar una pérdida que, desde ya, no es solamente musical.

La música como intervención

Yo he tenido bandas de combate, no he tenido bandas de entretenimiento. No me parece bueno tener entretenida a la gente mientras le están metiendo la mano en el bolsillo”. Esta frase pronunciada por el Indio condensa una ética artística, casi en extinción, que engendra una música incómoda y combativa. Pero aquí, lo político no aparece solo en una letra belicosa, sino en la experiencia social y cultural que la canción vuelve posible.

Por eso, la idea de “bandas de combate” no remite necesariamente a una consigna partidaria o ideológica particular. En el Indio, el combate aparece en un personaje derrotado, en un lujo obsceno, en una ciudad que encierra o en una sospecha que se vuelve canción. Su música no le decía a la gente qué pensar, pero sí la dotaba de palabras, imágenes y climas para no dejarse tragar por el poder o resignarse a ser invisibles.

Cada vez que sonaban sus primeros acordes de «Jijiji», una marea humana saltaba al unísono en una postal que definió los shows ricoteros como un fenómeno cultural sin equivalente en el rock argentino: el pogo más grande del mundo.

Esto es una diferencia importante. Una cosa es la música militante, que suele organizarse alrededor de una consigna explícita. Otra cosa es la música políticamente incómoda, que no siempre baja línea, pero invita a mirar la realidad con otros ojos. El Indio no sólo hizo música, sino que fabricó contraseñas populares. “Todo preso es político” quedó como una de esas frases que ya no necesitan explicación porque la historia argentina se la puso encima. El País recordó ese verso junto a otros fragmentos que forman parte de la memoria colectiva del rock argentino.

¿Cuánta de la música masiva de hoy se propone incomodar? ¿cuántos artistas independientes siguen produciendo intervenciones críticas? Buena parte de la industria musical contemporánea aprendió a vender rebeldía sin conflicto, angustias sin enemigos e identidades sin riesgo. La industria musical actual es una gran organizadora de climas emocionales que permiten bailar, desear, consumir, pero que rara vez tolera que una canción invite a la reflexión o denuncie a los responsables del sufrimiento de los pueblos.

De la letra al cuerpo

Lo político en la música del Indio Solari no se limitó a denunciar el poder, sino que construyó una forma popular de percibirlo, sospecharlo, cantarlo y enfrentarlo en común. Para sostener esa hipótesis hay que mirar el recorrido entero. Durante los años 90, Los Redondos lideraron una contracultura que no puede separarse del avance neoliberal. Mientras el país celebraba privatizaciones y promesas de modernización para pocos, una parte enorme de la sociedad era empujada hacia los márgenes. En ese contexto, la comunidad ricotera sostuvo una forma de pertenencia para quienes se negaban a aceptar que la época los considerase descartables.

En las canciones, el poder rara vez aparece con nombre y apellido. Aparece como policía, como dinero, como cinismo, como encierro, como promesa rota. El Indio no necesitaba explicar el país con estadísticas porque le alcanzaba con poner en escena a los que quedaban afuera del banquete. Sus letras están llenas de personajes golpeados, lúcidos, perdidos, orgullosos, quebrados. Gente que no entra limpia a la historia.

Eso explica parte de su potencia popular. Las canciones no funcionaron como simple ornamento de una identidad ya existente, porque directamente ayudaron a fabricarla. Muchos encontraron allí un idioma para decir bronca, amistad, derrota, deseo, desconfianza. En la despedida, un fan lo resumió butalmente simple: “Los Redondos le pusieron palabras a todos mis sentimientos”. La frase no es sofisticada, pero pega donde tiene que pegar. Una obra se vuelve popular cuando alguien siente que por fin puede nombrarse con ella.

Por eso la misa ricotera nunca fue solamente un recital grande. Fue una manera de estar juntos. Viajar, acampar, reconocerse por una remera, compartir una botella, discutir una letra, esperar horas, saltar hasta quedar sin aire, volver con la sensación de haber formado parte de algo que no cabía en la palabra “show”. Una investigación de la Universidad Nacional de Rosario sobre la misa ricotera propone justamente mirar esos recitales en sentido amplio: antes, durante y después de la presentación, incluyendo viajes, acampes, controversias, símbolos, rituales y construcción identitaria.

Los Redondos hicieron algo que la industria cultural quizás nunca entienda; construir una comunidad sin domesticación. Esa independencia frente a las grandes compañías discográficas, el carácter críptico de las letras y el fervor de un público que desarrolló una liturgia propia con la misa ricotera, el pogo, la peregrinación, el culto laico, es algo ciertamente difícil de encontrar en la industria musical de nuestro tiempo.

La cultura popular también piensa

Para entender políticamente al Indio no alcanza convertirlo en un «ícono del rock». Hay que tomar en serio que lo popular rara vez habla como un paper, una plataforma electoral o un comunicado partidario. Habla con chistes internos, frases deformadas, símbolos, ritos, exageraciones, puteadas y canciones que cada generación entiende a su manera.

La cultura popular no es un reflejo ingenuo de “la gente”, sino un campo de combate natural de la sociedad. La disputa política no ocurre solamente en el Estado, también sucede en el modo en que una sociedad aprende a nombrar lo justo, lo intolerable, lo ridículo, lo propio y lo ajeno. Una canción puede intervenir ahí. No porque reemplace a la organización política, sino porque moldea sensibilidad, memoria y sentido común.

El pueblo no tiene por qué ser sólo una postal del poder de turno, y las canciones del Indio Solari reinvindican precisamente eso, la emergencia de un pueblo que pelea por su derecho a existir y ser visto. El pueblo se arma en conflicto, en lenguaje compartido, en heridas comunes, en la capacidad de reconocer un adversario y una historia. El Indio, que llegó a definirse como “un artista peronista”, no fue ajeno a esa tradición nacional-popular.

Lo más interesante es ver cómo su música produjo una formas de comunidad popular que muchos partidos sólo pueden soñar con tener. Un pueblo que demuestra que el amor y las heridas comunes pueden elegirse para construir comunidad, a pesar de la continua invitación al miedo y al odio que pulula desde el poder.

Después del último pogo, el gobierno sigue sin saber llorar

La muerte del Indio también dejó al descubierto la torpeza afectiva del poder. El pedido para hacer el velatorio en el Congreso fue rechazado por Martín Menem, quien comunicó que el Palacio Legislativo no reunía condiciones de infraestructura, logística y seguridad para una convocatoria de esa magnitud, luego de consultas con el Ministerio de Seguridad. Si bien la explicación formal puede existir, la escena política se sintetiza en la incapacidad de un gobierno para reconocer el dolor de su gente, al negarle la casa del pueblo argentino, cerrada ante una multitud popular que quería despedir a uno de sus ídolos.

La indiferencia y el desprecio de Javier Milei son apenas un síntoma de una forma de poder que hace tiempo perdió toda capacidad de cobijar lo común. Esta reacción del gobierno argentino ilustra algo propio del clima de época que, para un gobierno que suele moverse con comodidad cuando la política se organiza desde el desprecio, la burla o la crueldad, resulta lógica su abierta indiferencia ante la gratitud y el amor popular ante la pérdida de un ídolo.

Hay gobiernos que entienden mejor el odio porque el odio divide, clasifica, señala culpables, produce obediencia emocional. El duelo popular, en cambio, desborda, porque mezcla clases, edades, barrios, camisetas, memorias y heridas. No entra prolijo en el Excel de la gobernabilidad ni pide permiso para existir. Por eso incomoda. El poder tolera mejor las multitudes disciplinadas por el consumo o por el miedo que las multitudes reunidas por una memoria afectiva que no puede controlar.

En Plaza de Mayo, los fans fueron reprimidos por la policía cuando intentaban reunirse para despedirlo. El Diario AR informó que las autoridades impidieron el ingreso a la plaza, que hubo gases y que la policía terminó replegándose ante la masividad de la convocatoria. Las frases de los propios fanáticos fueron más precisas que cualquier análisis: “Hoy Milei perdió la elección por no abrir el Congreso”, dijo uno. Otro preguntó si “tanto miedo” le tenían a un duelo nacional.

Ahí el funeral dejó de ser solo funeral para convertirse en una lectura popular del Estado. No era únicamente tristeza por un músico muerto; era bronca por una autoridad incapaz de alojar una emoción colectiva que no controla. La política institucional muchas veces cree que el pueblo es pueblo cuando vota, consume, obedece o se endeuda. Pero el pueblo también aparece cuando canta, cuando llora, cuando ocupa una plaza, cuando convierte una despedida en juicio moral.

La paradoja es áspera. Los gobiernos contemporáneos suelen entender bastante bien cómo se administra el resentimiento, y por eso lo segmentan, lo estimulan, lo vuelven contenido o lo traducen en campaña. Pero cuando aparece una multitud convocada por el amor a una figura popular, nacional y plebeya, la respuesta se vuelve torpe y previsible: vallas, represión, indiferencia o burla. El gobierno no sabe llorar porque llorar exige reconocer algo común, y reconocer algo común es insostenible para una política que se alimenta de dividir y enfrentar a la sociedad.

El Indio dejó tras de sí una forma de sensibilidad política y una gramática afectiva que le permitió a mucha gente incorporar una manera de sospechar del poder, de desconfiar del lujo obsceno, de reconocerse en los demás y de convertir la intemperie en comunidad. Por esto, el funeral del Indio Solari ya empieza a inscribirse en esa historia argentina de despedidas populares masivas, junto a figuras capaces de convocar multitudes como Evita, Perón, Maradona o Mercedes Sosa. Y justamente por eso la negativa del gobierno no fue solo una decisión logística, sino, sobre todo, una señal política y profundamente ideologizada.

Quizás ese sea el verdadero poder político de la música popular: hacer que miles de personas, frente a la muerte, sepan dónde encontrarse. Hacer que una canción funcione como un hogar donde desaparecen los instintos de fuga. Hacer que un pueblo disperso vuelva a reconocerse, aunque sea por unas horas, en una voz que ya no canta pero sigue convocando.

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