La apariencia ha sustituido al contenido, la estética al sentido y la validación externa a la experiencia interna. A este fenómeno podríamos llamarlo, sin temor a exagerar, la vida instagrameable.
Por Jonathan Peláez.
Lo estético ha reemplazado al sentido. Todo se convierte en vitrina: desde la comida hasta la política. Ya no importa tanto lo vivimos, sino cómo se ve lo que vivimos.
La estética como nuevo capital
Esta lógica atraviesa casi todo. Lo instagrameable está conectado con el diseño de los celulares. Hoy, la característica principal de un teléfono no es su procesador ni su capacidad de almacenamiento. Un fabricante que apueste a lo técnico probablemente esté condenado a fracasar. Lo que importa es la cámara. Ya no basta con tener una: hay teléfonos con hasta dieciséis. Todo gira en torno a la foto, al video, al registro, a capturar la imagen perfecta.
Cada vez más lugares se convierten en “sitios instagrameables”. Pero con ellos llegan las oleadas de turistas, los reels, los drones. La cotidianidad del lugar se altera: ya no se visita por su historia o su gente, sino por cómo luce en una foto. La estética impone la ruta.
La lógica de Instagram —y por extensión, TikTok y otras plataformas— ha desbordado lo digital para imponerse sobre lo real. Ya no importa la calidad de un objeto o una conversación, sino su capacidad de transformarse en contenido visual atractivo, breve y viral. Todo debe ser instagrameable: nuestras comidas, nuestras salidas, nuestras ciudades, nuestros cuerpos, incluso nuestras emociones.
Restaurantes, cafés y la vida instagrameable
Hoy, los diseñadores de interiores no crean espacios para vivir, sino para fotografiar. Las cafeterías ya no buscan ser acogedoras, sino sobrias y minimalistas para lucir sofisticadas en un post. La comida no tiene que saber bien, solo tiene que verse bien. Basta pensar en esas hamburguesas bañadas en queso que se derrama como lava: su valor no está en el sabor, sino en el espectáculo visual que generan para un reel.
Los restaurantes y cafés son el ejemplo más cotidiano de lo instagrameable. Cada vez importa menos el sabor. Lo importante es poder tomarse la foto y decir: “yo también estuve aquí”. Hoy predominan los espacios minimalistas, de colores neutros y nombres modernos. El latte debe verse perfecto para la historia. El gusto queda en segundo plano.
Incluso hay platos diseñados solo para la cámara: hamburguesas volcánicas, helados imposibles de comer, arepas gigantes. No se trata de saborear, sino de vivir una experiencia visual. Y esto responde a una lógica del capital: los negocios apuestan por lo estético porque saben que la gente hará publicidad gratis con sus fotos. La vida se ha convertido en un comercial continuo.
El fetichismo de lo instagrameable
El fenómeno del unboxing refuerza lo instagrameable. Videos de personas mostrando lo que compran, presumiendo pertenencias de marca y vendiendo la idea de que su vida es ideal. Starbucks es el mejor ejemplo: la foto del café con tu nombre escrito era vender una imagen, un símbolo de éxito y sofisticación.
Pero la lógica muta. Hoy no solo se instagramea lo lujoso, también lo “natural” y lo “auténtico”. Ir a un bosque ya no basta: hay que hacer el reel contando lo espiritual que fue. Lo mismo con el mar, los glamping, los pueblos mágicos o los festivales. Todo debe documentarse, compartirse y capitalizarse simbólicamente.
Cada semana sentimos que debemos vivir una experiencia más extraordinaria que la anterior. Si no lo hacemos, la vida parece perder valor. Ya no basta con almorzar en el restaurante común. Necesitamos conciertos, festivales, eventos. Lo cotidiano carece de sentido si no es instagrameable.
Aquí aparece Marx y su concepto de fetichismo de la mercancía. El capitalismo convierte productos en objetos mágicos, cargados de un valor más allá de su utilidad real. En el presente, ese fetichismo no se limita al objeto: abarca la experiencia misma. Todo se transforma en mercancía visual.
Lo importante no es lo que vives, sino cómo se ve lo que vives. El café de Starbucks deja de ser bebida y se vuelve símbolo de estatus, un signo de pertenencia en un mundo donde lo importante no es ser, sino parecer.
Política, espectáculo y la pérdida de sentido
Antes, con una cámara de rollo, tenías una oportunidad para capturar el momento. Ahora tomamos cientos de fotos hasta encontrar la correcta. Nos desconectamos del entorno real mientras buscamos la imagen perfecta. En los conciertos pasamos más tiempo grabando que disfrutando. Antes, un gran concierto al año era memorable.
Hoy hay seis u ocho súper conciertos anuales. Todo se convierte en espectáculo. Si no lo mostramos, sentimos que no existimos. Incluso quienes dicen desconectarse terminan registrando cada momento. Paradójicamente, la desconexión también debe ser validada en redes.
El resultado es inquietante: empezamos a parecernos todos. La misma pose, el mismo filtro, la misma frase. Repetimos contenidos, bailes, ideas. La creatividad se diluye, la autenticidad desaparece. Ya no somos nosotros, sino versiones replicadas de lo que “debemos” ser.
Y lo peor: terminamos creyéndonos esa versión editada de nosotros mismos. Los perfiles se convierten en hojas de vida: insignias, frases de autoayuda, medallitas sociales. Como si escribir “persona con valores” en la biografía de Instagram te volviera alguien moral.
Incluso en la política lo instagrameable manda. Si un proyecto de ciudad no puede presentarse como experiencia estética —moderna, verde, digital— tiene menos posibilidades de hacerse realidad. ¿Para qué invertir en alcantarillado si no sirve para un buen dron? Los políticos prefieren obras que embellezcan la fachada turística. Lo importante es la vitrina: Ciudad Moderna, Ciudad Innovadora.
La vida instagrameable también afecta cómo pensamos y aprendemos. Ya no buscamos profundidad, creemos que un TikTok de 30 segundos nos convierte en expertos. Es la “estupidez inteligente”: información rápida y superficial, mucho dato y poco entendimiento.
Recuperar lo no instagrameable
Lo grave no es solo la velocidad, sino la transformación profunda de nuestras formas de habitar el mundo. Hemos sustituido el sentido por el efecto visual, la intimidad por el espectáculo, el silencio por el algoritmo. Y mientras más intensa se vuelve esta lógica, más vacía parece la experiencia.
Quizás lo más triste es que hemos perdido la capacidad de contemplar. De simplemente estar. De hacer algo sin que tenga que ser útil, productivo o instagrameable. Como dice Byung-Chul Han, lo urgente es recuperar lo sagrado de lo no dicho, volver a la humildad de no mostrar.
La lógica de lo instagrameable lo ha tocado todo: nuestra forma de comer, de viajar, de amar, de opinar y de gobernar. Es el lenguaje de una época donde parecer importa más que ser. Pero todavía estamos a tiempo. No para apagar el celular, sino para encender otras formas de estar: volver al café sin foto, a la caminata sin registro, a la charla sin testigos. A un silencio que no necesita likes para existir.