Ilustración original con base en ‘El nacimiento de la doctrina Monroe‘, pintura de Clyde Osmer De Land (1912), donde el presidente estadounidense James Monroe (1817-1825) preside una reunión con su gabinete en 1823, en la que se debate en detalle la doctrina Monroe.
Por Matias Federico Boglione, Co Director de EDP.
Venezuela no es el objetivo: es el mensaje. Un dictador local fue derrocado por un aspirante a dictador global. No hay héroes en esta historia.
El despertar de la Doctrina Trump
La captura del dictador Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en Caracas es uno de esos acontecimientos que, paradójicamente, cuanto más se discuten, menos se comprenden. La escena es tan ruidosa —un dictador derrocado, una operación militar relámpago, muertos civiles, declaraciones incendiarias— que invita al error analítico más frecuente y, por lo general, más funcional al poder: reducirlo todo a una disputa moral entre buenos y malos. ¿Maduro sí o Maduro no? ¿Trump sí o Trump no? Este encuadre no solo empobrece el análisis: lo vuelve inútil.

Es un encuadre ciego, porque mientras la conversación pública se consume en ese binarismo ideológico, el orden internacional se desplaza. Y lo hace en silencio, sin pedir permiso y sin tener que justificarse demasiado. Aquí lo verdaderamente relevante no es el destino de un dictador periférico, sino el precedente que se acaba de habilitar en el sistema internacional: la Doctrina Trump. Mientras la discusión se empantana en juicios morales, las reglas del juego se reescriben lejos del escrutinio público.
Lo ocurrido en Venezuela no es un exceso, ni un arrebato personal, ni una anomalía. Es la aplicación coherente de una doctrina.
El acontecimiento que no hay que mirar de frente
En la madrugada del sábado, Estados Unidos ejecutó una operación militar encubierta —bautizada Operación Resolución Absoluta— que culminó con el secuestro de Maduro y su esposa, en su propio país, mediante ataques selectivos, bombardeos de infraestructura militar y una operación de “extracción” rápida. El saldo: muertos civiles, violación flagrante de soberanía y desprecio explícito por la Carta de Naciones Unidas, la misma que el gobierno norteamericano y los países europeos aliados utilizan para condenar a Rusia o China.
Nada de esto es novedoso en la historia de nuestra región. Desde una perspectiva histórica, América Latina conoce bien estas prácticas: Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973, Panamá en 1989. La novedad que instaura ahora la Doctrina Trump no está en el qué, sino en el cómo y, sobre todo, en el para qué.
No hubo resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. No hubo intento serio de justificación multilateral, ni siquiera hubo esfuerzo retórico de construir consenso. Ya no hay Guerra Fría que sirva de coartada, ni amenaza ideológica global que justifique la excepcionalidad permanente. El mensaje fue otro: podemos hacerlo. Porque la Casa Blanca no negó la ilegalidad del acto. Simplemente la volvió irrelevante. Y cuando el poder actúa sin necesidad de explicarse, ya no estamos ante una excepción, sino ante una redefinición explícita del orden.

La operación en Venezuela también cumple una función menos visible pero igualmente relevante. La de ordenar el frente interno estadounidense. En ese sentido, las declaraciones de Alexandria Ocasio-Cortez resultan ilustrativas, no como autoridad moral sino como síntoma de una disputa narrativa doméstica: “No se trata de drogas. Si lo fuera, Trump no habría indultado a uno de los mayores narcotraficantes del mundo el mes pasado. Se trata de petróleo y cambio de régimen”, afirmó, señalando además que la necesidad de un juicio inmediato busca “fingir que no lo es” y distraer la atención tanto de la relación de Trump con Epstein como del desorbitado aumento de los costos sanitarios en Estados Unidos.
Más allá de la intencionalidad política de la denuncia, el punto es estructural. Las acciones militares externas funcionan históricamente como mecanismos de desplazamiento del conflicto interno, una forma clásica de rally around the flag que permite reordenar consensos, silenciar agendas incómodas y redefinir prioridades sociales bajo la lógica de la seguridad nacional. Venezuela, en este marco, no solo opera como mensaje geopolítico hacia afuera, sino también como anestesia política hacia adentro. Un Vietnam 2.0.
¿El fin de la hipocresía liberal?
En noviembre de 2025, la Casa Blanca publicó la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, un documento que no debería leerse como un texto burocrático, sino como una explícita hoja de ruta del nuevo paradigma geopolítico: una auténtica declaración de principios imperiales sin eufemismos.
Allí se afirma con claridad que el hemisferio occidental constituye una zona vital de seguridad, y que Washington se reserva el derecho de reassert and enforce la Doctrina Monroe mediante lo que denomina explícitamente un “Trump Corollary”. El texto no habla de exportar democracia, ni de derechos humanos, ni de orden liberal internacional. Más bien, habla de:
- recursos estratégicos,
- control de infraestructuras,
- negación de influencia a potencias extrahemisféricas,
- y primacía absoluta del interés nacional estadounidense por sobre cualquier norma multilateral.
No es una ruptura con la historia estadounidense. Es, en todo caso, el abandono de la máscara. El texto habla de recursos, control, acceso estratégico, negación de influencia a potencias extrahemisféricas y primacía del interés nacional por sobre cualquier norma multilateral. En ese sentido, la operación en Caracas no inaugura nada: ejecuta lo que ya estaba escrito. Lo que durante décadas se ejecutó con un lenguaje moral —libertad, democracia, lucha contra el comunismo o el terrorismo— hoy se formula en términos descarnados de poder, acceso y dominación.
Cuando el derecho se vuelve selectivo, deja de ser derecho
Aquí aparece el núcleo del problema: la gravedad está dada por lo que esta acción habilita globalmente. Si Estados Unidos puede secuestrar a un presidente en funciones, independientemente de la legitimidad de la que goce, en nombre de su seguridad nacional, ¿qué impide que China haga lo mismo en Taiwán? ¿O que Rusia avance sobre Ucrania sin ya ningún tipo de freno normativo creíble?

Cuando el derecho internacional se aplica de manera selectiva, deja de ser derecho y se convierte en una coartada discursiva del poder. Y, en ese escenario, ya no existen límites jurídicos: solo relaciones de fuerza. Y, como sabemos, cuando la fuerza reemplaza al derecho, la violencia deja de ser excepcional y se convierte en la norma del sistema.
El derecho internacional funciona únicamente mientras se aplica de manera general. Cuando se vuelve selectivo, se convierte en excusa. El orden internacional no se sostiene en normas abstractas, sino en un delicado equilibrio entre poder y legitimidad. Cuando la legitimidad se erosiona, el poder queda desnudo.
Imperialismo personalista, unilateralismo y pedagogía de la fuerza
Donald Trump no actúa como garante del orden liberal internacional. Actúa como su sepulturero. No porque sea un genio estratégico, sino porque encarna una tendencia más profunda: el agotamiento del multilateralismo como herramienta eficaz de dominación.
Las declaraciones de Stephen Miller, su asesor de seguridad —“Somos una superpotencia. Si queremos Groenlandia, la tendremos. Sus comunicados no nos importan. ¿Van a detenernos?”— no son exabruptos. Son pedagogía geopolítica. Continúa: «Es absurdo que permitamos que una nación vecina como Venezuela se convierta en proveedora de recursos para nuestros adversarios, pero no para nosotros (…). El futuro del mundo libre depende hoy de que Estados Unidos sea capaz de imponerse y defender sus intereses sin pedir disculpas«.

Miller verbaliza lo que durante décadas se ejecutó con hipocresía liberal: el derecho no es límite, es instrumento. Del mismo modo que lo fue la frase publicada por el Departamento de Estado: “This is our hemisphere”. El mismo patrón se repite en Venezuela, en las amenazas veladas a México y Colombia, y en la presión inédita sobre Dinamarca, un aliado formal dentro de la OTAN.

El mensaje no va dirigido a Maduro, ni a los narcotraficantes. El mensaje es un recordatorio directo a China, Rusia, Europa y, sobre todo, a América Latina. No hay aliados intocables cuando el principio rector es la utilidad estratégica. Sólo basta mirar la inédita presión sobre Dinamarca (un aliado formal dentro de la OTAN). Los europeos parecen estar entendiéndolo demasiado tarde.
Venezuela como mensaje, no como objetivo
Venezuela nunca fue el fin último de esta operación. Es el medio. El competidor estratégico central de Estados Unidos hoy no es Moscú, sino Pekín. Y en ese tablero, Venezuela ocupa una posición incómoda: mayores reservas probadas de petróleo del mundo, creciente integración energética con Asia y valor simbólico como país que resistió —con éxito relativo— dos décadas de presión externa.
La operación en Caracas envía un mensaje inequívoco: la periferia cercana no es negociable. Quien se alinee con China en el hemisferio occidental pagará un costo. La Doctrina Monroe deja de ser una referencia histórica y vuelve a ser política activa. En este punto conviene despejar cualquier equívoco analítico: el verdadero peligro no reside en un régimen dictatorial de tercera línea, quebrado, embargado y ahora descabezado, sino en el imperialismo personalista que encarna Donald Trump.

En este sentido, Venezuela deja de ser el problema central y pasa a ser el escenario contingente de una lógica mucho más amplia, donde la fuerza se impone como principio ordenador del sistema internacional. Esa deriva quedó aún más explícita cuando el propio Trump afirmó que Estados Unidos “dirigirá” Venezuela, que “no habrá elecciones por un tiempo”, y ninguneó públicamente a la oposición venezolana, incluída María Corina Machado, asumiendo de facto un tutelaje político directo sobre el país.
No se trata de lapsus retóricos, sino de enunciados performativos que producen realidad: anuncian que ya no habrá ni siquiera el simulacro liberal de una transición autónoma. En paralelo, tanto Trump como Marco Rubio insistieron de manera reiterada en un mismo significante —petróleo— dejando en claro que el núcleo de la operación no es la democracia, ni los derechos humanos, ni el narcotráfico, sino el control de recursos estratégicos en un contexto de competencia sistémica con China. Maduro, en este esquema, es un actor secundario; la doctrina es el mensaje.
La operación en clave realista: límites, hipótesis y ajedrez incompleto
Conviene despejar el ruido épico. Estados Unidos no controla Venezuela. No controla su territorio, ni su aparato estatal, ni su fuerza armada (de hecho, este fue siempre el Talón de Aquiles de Estados Unidos, que desde hace décadas lucha contra la lealtad del ejército venezolano para con sus líderes). No hubo invasión a gran escala. Hubo una acción cinética limitada, diseñada para descabezar la conducción política y provocar una fractura interna que, al menos hasta ahora, no se ha producido.

El objetivo en ningún momento fue ocupar Caracas, sino inducir rendición. Pero aquí emerge la paradoja central: Estados Unidos jaqueó al rey, pero no ganó la partida. No hubo insurrección militar, ni colapso territorial, ni fuerza vasalla con capacidad de masas. Venezuela no es Siria, ni América Latina es Asia Occidental. La unidad político-militar sigue siendo más sólida de lo que muchos analistas externos suponían.
Eso explica la amenaza de nuevas rondas de ataques. Cuando la presión política fracasa, el imperialismo suele intentar compensar con fuerza.
Pasolini, otra vez, tenía razón (y no era un nostálgico)
Pier Paolo Pasolini, escritor y director de cine, advirtió que el fascismo del futuro no llegaría con uniformes ni camisas negras, sino en nombre de la libertad, el consumo y la normalidad. No se impondría por decretos autoritarios, sino por saturación cultural. No necesitaría campos de concentración, sino pantallas.
Hoy, las plataformas digitales, los algoritmos y la industria del entretenimiento cumplen esa función disciplinaria. Reducen la complejidad, polarizan artificialmente el debate y convierten la política en un espectáculo moral donde nunca se discuten las estructuras de poder reales. Mientras discutimos si Trump es peor que Maduro o si Maduro es peor que Trump, el sistema internacional se desliza hacia un mundo sin reglas.
No hay héroes en esta historia (y ese es el verdadero peligro)
No se puede —ni se debe— subestimar a los venezolanos que celebran la caída de Maduro. Han sufrido persecución, empobrecimiento y clausura democrática durante años. Ese dolor es real y legítimo. Pero reconocer ese sufrimiento no nos obliga a legitimar el imperialismo. La soberanía venezolana fue destruida dos veces: primero por un régimen autoritario local, luego por una potencia que, con la excusa perfecta, decidió que el derecho internacional era prescindible.
El verdadero peligro para el orden internacional ya no es Maduro (quizás nunca lo fue). El verdadero peligro es la normalización del “todo está permitido”, tal como viene sucediendo desde hace años en la Franja de Gaza. Porque cuando eso ocurre, ningún país periférico está a salvo. Y la historia latinoamericana —una y otra vez— ya mostró cómo termina ese experimento.
Que el Departamento de Justicia se haya retractado silenciosamente de la acusación sobre el “Cartel de los Soles”, tal como reveló The New York Times, termina de confirmar lo evidente: ni la legalidad ni la veracidad fueron nunca un requisito. La excusa cayó porque ya no hacía falta. Cuando el poder actúa sin consecuencias, la verdad se vuelve prescindible. Un dictador local fue derrocado por un aspirante a dictador global. No hay héroes en esta historia. Y como siempre, los muertos son civiles.