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El truco de la cleptocracia autocrática

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Las autocracias contemporáneas entran por las urnas, montan el espectáculo y cambian las reglas mientras el público mira hacia otro lado. | Un estudiante sostiene una bandera con el logotipo del popular manga japonés One Piece durante una protesta en Madagascar el 9 de octubre. Fotografía: Luis Tato/AFP/Getty Images


Por Hugo Daniel Barbosa Moreno.

El ilusionismo del outsider no es un simple accesorio estético: es un mecanismo performativo diseñado para simplificar crisis sistémicas y neutralizar los contrapesos del Estado.

¿Cómo se captura un Estado?

Es ampliamente conocido que, desde sus orígenes, el ejercicio político ha estado atravesado por un sentido histriónico y hasta teatral. De hecho, cuando pensamos en las campañas políticas, rápidamente vienen a la mente tonos de voz, gestos y hasta cadencias específicas en la manera de hablar.

No obstante, el fenómeno de los outsiders ha propiciado un cambio en la manera en que se concibe al político tradicional. Benjamín Moffit (2016) afirma que el ilusionismo es mucho más que un accesorio: consiste, literalmente, en simplificar problemas complejos hasta convertirlos en premisas elementales.

Las soluciones ya no aparecen como intrincados discursos que intentan develar el movimiento paquidérmico de los Estados contemporáneos. Más bien, se presentan como recetas elementales, sencillas y capaces de apelar al sentimiento de desconfianza institucional que surge cuando las personas observan fenómenos como la corrupción o la fragilidad de cortes y tribunales frente a delitos que desocupan el erario.

El político como mago

El outsider llega como un verdadero ilusionista, con las respuestas bajo la manga de su solapa. No habla como político y hasta se enfrenta deliberadamente con quienes pertenecen a las estructuras institucionales.

Es entonces cuando la arena democrática se transforma en un escenario atiborrado de luces, humo, efectos especiales y música estridente. Allí aparece una imagen cercana e intrigante que embelesa a quienes rodean al protagonista y se acercan al espectáculo.

Pero detrás de ese mago puede esconderse un autócrata. Al cuestionar sistemáticamente a las instituciones, comienza a cultivar el terreno para el desmoronamiento de los regímenes democráticos, que serán sustituidos, como por arte de magia, por regímenes híbridos en el mejor de los casos o por autocracias electorales.

Ahora me ves, ahora no me ves

La magia aquí no consiste en solucionar todos los problemas estructurales. Al contrario, estos problemas pueden convertirse en la oportunidad precisa para que el truco dé como resultado una compleja red transnacional cleptocrática.

Esta red traslada recursos multimillonarios del Estado hacia negocios familiares, intereses privados o empresas fachada. Para conseguirlo, instrumentaliza procesos de nacionalización o privatización, ya sea en nombre del capitalismo o como supuesto paliativo frente al imperialismo.

Al igual que en la magia clásica, la clave se encuentra en tres elementos: la distracción, el ruido y la sorpresa.

Teniendo esto como marco de referencia, observemos el detrás de cámara de una simbiosis que toma fuerza a nivel global: la relación entre las autocracias y su deriva cleptocrática.

Acto I: La distracción (ideología y polarización)

Aunque se observan cambios importantes en la dicotomía clásica entre izquierda y derecha, las narrativas y sus énfasis siguen movilizando tanto al electorado de base como a los swing voters. Las preocupaciones en torno a la migración, la inseguridad, la intervención estatal en la economía e incluso la batalla cultural continúan movilizando a la sociedad civil.

El péndulo no es nuevo. Sin embargo, se han radicalizado los discursos que apelan a valores tradicionales o reaccionarios e incluso a relatos conspirativos y antiderechos.

En contraste, hacia el cierre de la primera década de este siglo, los vientos soplaban a favor de discursos sobre justicia social, dignidad, nacionalización de empresas y control de los recursos del Estado. Con esto quiero decir que para los votantes sigue siendo importante reconocer el lugar de enunciación, pero quizá todavía más identificar cuál es el adversario al que hay que vencer y cuáles son las razones para hacerlo.

Las revelaciones del trabajo de Shoshana Zuboff (2019) y los reportes del Oxford Internet Institute pusieron en discusión la manipulación psicológica a través de Internet. El uso de herramientas digitales asociadas a Cambridge Analytica en campañas como el Brexit, la elección presidencial de Donald Trump o el plebiscito sobre el acuerdo de paz en Colombia inauguró un nuevo campo de disputa algorítmica.

Sin el despliegue del marketing digital, por ejemplo, resulta difícil comprender la consolidación del amplio poder de Nayib Bukele en El Salvador (Bertelsmann Transformation Index, 2024).

La trampa de la insularidad

La disputa comunicativa se aleja entonces de los discursos grandilocuentes y las corbatas. En cambio, se concentra en transmitir una representación opuesta a la clase política tradicional, culpando —no siempre sin razón— a élites gubernamentales que han sido incapaces de resolver dificultades de vieja data.

El ilusionista ya no lleva un sombrero negro de copa, un esmoquin impecable, guantes blancos y una varita mágica. Ahora viste blue jeans, evita la corbata o exhibe deliberadamente su extravagancia como hombre de negocios exitoso.

La distracción sucede de forma casi imperceptible en las redes sociales. En su aspiración por mantener al usuario conforme con el contenido que consume, las plataformas pueden reforzar permanentemente sus sesgos de confirmación.

Desaparecen progresivamente los contenidos opuestos a sus intereses, mientras se intensifican publicaciones mucho más agresivas, a menudo interpretadas como sinceras y “sin tapujos”. El resultado puede ser un usuario atrincherado, no necesariamente a favor de su propia preferencia política, sino en el rechazo visceral hacia el proyecto político y los representantes de quienes ahora considera sus adversarios.

El Varieties of Democracy Institute (V-Dem), que analiza la polarización dentro de los países, ha trabajado sobre procesos en los que las sociedades pierden progresivamente la posibilidad de discutir o debatir. En sus niveles más graves aparece una insalubridad, con grupos que terminan aislándose unos de otros.

El odio visceral convierte así a los electores en islas. Llegado cierto punto, pueden inmunizarse frente a datos fácticos o pruebas fehacientes de manipulación. Y ese es un terreno fértil para el ilusionista, porque ahora cuenta con un público convencido de que posee poderes sobrehumanos y de que, efectivamente, hará fluir la magia.

Deslegitimar para avanzar

Basta entonces con acusar a la institucionalidad y señalar que la élite gobernante “de siempre” es la única responsable de las desgracias de la sociedad. Incluso pueden construirse como amenazas fenómenos que difícilmente deberían ser considerados desgracias colectivas.

Los derechos de las comunidades LGTBIQ+, por ejemplo, pueden ser presentados como una amenaza si la secularización es interpretada como una tragedia mayúscula por los sectores más reaccionarios. Del mismo modo, organizaciones no gubernamentales que denuncian incidencias o manipulaciones electorales pueden ser retratadas como agentes encubiertos de potencias extranjeras que buscan desestabilizar la nación.

La distracción discursiva radica precisamente en deslegitimar las instituciones y acusarlas de provocar el caos. De esa manera, cuando llegue la intervención, la confrontación o incluso la toma hostil, el auditorio no observará necesariamente el interés antidemocrático del ilusionista.

Verá, en cambio, a una especie de gladiador que libra una batalla en nombre de una ciudadanía maltratada y hastiada de las élites políticas.

El mago puede incluso darse el lujo de anunciar que jamás se subordinará a ningún movimiento político o dirigente que no sea “el pueblo”. Mueve ágilmente el sombrero para demostrar que los políticos no se encuentran en su interior, mientras grandes conglomerados económicos, presentados como patrocinadores desinteresados, aportan enormes cantidades de dinero que más adelante podrán ser compensadas con jugosos contratos.

Acto II: El ruido (confrontación institucional y diplomacia del caos)

Para que la maniobra pase desapercibida, se necesita un sonido capaz de capturar momentáneamente la atención del auditorio. Un sonido preciso, ejecutado en el instante indicado, que funcione como distractor o produzca la ilusión de que la magia acaba de ocurrir.

Como la campaña se ha concentrado en la emoción y la visceralidad de los votantes, los discursos incendiarios y las premisas contundentes suelen desembocar en promesas cuya implementación parece requerir la suspensión de las reglas democráticas o del equilibrio entre poderes.

Montesquieu ya advertía en Del espíritu de las leyes (1748) que los regímenes políticos requieren un equilibrio entre poderes capaz de evitar la concentración despótica. Sin embargo, los Estados altamente presidencialistas disponen de situaciones excepcionales y recursos institucionales que permiten ampliar los márgenes de acción del Ejecutivo durante estados de sitio, conmoción interior o emergencia.

Kim Lane Scheppele (2018), bajo el concepto de legalismo autocrático, muestra precisamente cómo el autócrata puede servirse de mecanismos legales para alcanzar fines antidemocráticos. Pero volvamos al mago.

¿Qué tipo de ruido serviría para ocultar el pequeño sonido producido al presionar el botón que activa el doble fondo de la caja?

Justamente el ruido institucional que surge al invocar una crisis de seguridad, una emergencia o algún peligro latente que amenaza el estado de las cosas. La crisis, además, puede haber sido amplificada con la complicidad de conglomerados económicos propietarios de medios de comunicación, activistas digitales o ejércitos de bots en las redes sociales.

El valor de la promesa cumplida

También funciona saturar a las demás ramas del poder público mediante decretos y órdenes ejecutivas que naturalmente tardarán en ser derogadas, incluso cuando puedan resultar inconstitucionales.

Es la instalación de una forma de gobernanza basada en la disrupción institucional, asociada a los procesos de erosión democrática estudiados por Levitsky y Ziblatt (2018).

Al mago no le preocupa demasiado que, camino a casa, los espectadores descubran que el momento en que sonó el piano y cambiaron de color las luces coincidió exactamente con el instante en que ocurrió la supuesta magia.

Del mismo modo, al autócrata puede no importarle que meses después los decretos sean revertidos. Para entonces, la sensación de acción ya se habrá instalado en la ciudadanía, ya que por fin alguien parece haber tomado cartas en aquellos asuntos estructurales que prometió resolver durante la campaña.

Se necesitan entonces anuncios rimbombantes, polémicos y ruidosos. Mensajes que penetran con facilidad en una sociedad marcada por la insularidad, incluso cuando sean imprecisos, ambiguos o directamente inexactos.

Cerrar embajadas, abrir otras, reconocer Estados, llamar embajadores a consulta o intercambiar insultos con otros jefes de gobierno también pueden convertirse en recursos útiles.

Además, tejer o integrarse a la red internacional que resulte conveniente para el autócrata será fundamental para la última parte del acto: engrasar un peligroso mecanismo transnacional capaz de apropiarse de cantidades ingentes de recursos públicos.

Acto III: La sorpresa (conflicto de intereses y desfalco)

El éxito del truco depende de contar con un sistema de apropiación de recursos altamente eficiente y perfectamente aceitado. Es decir, una cleptocracia autocrática.

Cooley y Heathershaw, en Dictators Without Borders: Power and Money in Central Asia (2017), explican cómo los autócratas modernos pueden insertarse en redes transnacionales formadas por empresas fachada, inversiones en paraísos fiscales e incluso circuitos de lavado de activos articulados con el sistema financiero global.

Estos fenómenos están lejos de ser exclusivos de Estados fallidos o abiertamente antidemocráticos. También pueden ser blanqueados mediante infraestructuras transnacionales situadas en países reconocidos como democráticos y defensores de valores occidentales.

Todo, naturalmente, bajo una precisa capa de secretismo y ocultamiento.

Es hora de que el mago retire el paño que cubre la caja. Nuevamente, los efectos especiales sirven como elemento distractor y proporcionan el toque final que dejará al auditorio estupefacto.

Para sorpresa de todos, la antigua élite gobernante ha sido reemplazada por una plutocracia cercana al ilusionista. O los nuevos nombramientos nepotistas han facilitado el cobro de coimas, la apropiación de bienes públicos y la institucionalización de la corrupción como idioma oficial de las transacciones del Estado.

En nombre de la eficiencia estatal se cierran programas, entidades e iniciativas que durante la fase de distracción sirvieron como blanco de críticas por su cuestionable utilidad o como diana de los ataques producidos en medio de la batalla cultural. Sin embargo, los recursos liberados no necesariamente regresan en beneficio de la ciudadanía.

Las guerras arancelarias pueden terminar favoreciendo capitales familiares del mago, mientras aquellos altruistas financiadores de campaña reciben jugosas tajadas mediante contratos de infraestructura o procesos que, ya sea en nombre de la estatización o del libre mercado y la apertura económica, terminan adjudicándose discrecionalmente.

La estocada final

Si hasta aquí creemos que el truco únicamente consistió en cambiar las esferas debajo de los vasos o hacer aparecer un conejo de un sombrero que supuestamente estaba vacío, todavía tenemos el panorama incompleto. Falta la estocada final.

La verdadera magia ocurre cuando termina de instalarse un régimen híbrido o plenamente autoritario: persecución de la oposición, restricciones electorales y una cruzada contra todo aquel que denuncie los graves casos de corrupción.

La narrativa del enemigo interno, el traidor a la patria o aquel que “no ama su bandera” permite justificar que, en nombre de la democracia, se altere el frágil sistema de pesos y contrapesos. Puede incluso seguir habiendo votaciones. Pero la posibilidad real de alternancia política se reduce progresivamente.

Algunos autócratas descartan directamente la entrega del poder. Otros recurren al nepotismo o a mecanismos institucionales destinados a evitar una de las pruebas fundamentales de todo sistema democrático: la posibilidad efectiva de alternancia entre fuerzas políticas.

Así, cuando finalmente aparecen pruebas fehacientes, denuncias documentadas y evidencias suficientemente sustentadas, el régimen autocrático puede encontrarse ya instalado y funcionando eficientemente bajo una lógica cleptocrática. El truco se ha completado.

Pero quienes terminan asumiendo sus consecuencias son los mismos espectadores que alguna vez confiaron, de buena fe, en que aquello que tenían delante de sus ojos era realmente magia.

Referencias

Bertelsmann Stiftung. (2024). BTI 2024 Country Report: El Salvador. Bertelsmann Stiftung.

Cooley, A., & Heathershaw, J. (2017). Dictators Without Borders: Power and Money in Central Asia. Yale University Press.

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). How Democracies Die. Crown.

Moffit, B. (2016). The Global Rise of Populism: Performance, Political Style, and Representation. Stanford University Press.

Montesquieu, C. (1748). El espíritu de las leyes.

Scheppele, K. L. (2018). Autocratic Legalism. University of Chicago Law Review, 85(2), 545-583.

V-Dem Institute. (2024). Democracy Report 2024. University of Gothenburg.

Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power. PublicAffairs.

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