La disputa entre Estados Unidos y China ya no se define únicamente por ejércitos, comercio o territorio. Cada vez más, el poder global depende de quién controle los chips, los datos y las infraestructuras tecnológicas.
Por Carlos Aguirre.
Quien controle los ecosistemas de IA no solo tendrá capacidad para organizar mercados o ejércitos, sino también para incidir sobre las bases estructurales del orden internacional contemporáneo.
La competencia entre la República Popular China y los Estados Unidos en el campo de la inteligencia artificial (IA) constituye hoy uno de los núcleos estructurantes de la disputa hegemónica global. En ella convergen poder económico, control de datos, superioridad militar y capacidad de imposición normativa.
Como ha señalado Manuel Castells, la IA posee un valor eminentemente disruptivo debido a la velocidad de su penetración social e industrial. En términos foucaultianos, esta tecnología puede entenderse como un dispositivo de pouvoir/savoir —poder/saber— y como un operador de transición epistemológica: erosiona la episteme moderna y reconfigura los factores de producción, las relaciones sociales y las condiciones mismas de lo pensable y de los regímenes de verdad.
Quien controle los ecosistemas de IA no solo tendrá capacidad para organizar mercados o ejércitos, sino también para incidir sobre las bases estructurales del orden internacional contemporáneo. Por eso, la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China excede ampliamente al desarrollo de inteligencia artificial; atraviesa semiconductores, robótica, telecomunicaciones, infraestructura digital, tecnología espacial, computación cuántica y biotecnología.
El modelo chino: tecnonacionalismo, planificación estatal e integración industrial
El ascenso tecnológico de China se sustenta en una estrategia tecnonacionalista de largo plazo, desarrollada desde fines del siglo XX y consolidada bajo el mandato de Xi Jinping. El marco normativo e institucional chino concibe el desarrollo científico-tecnológico como un pilar fundamental para el fortalecimiento de las fuerzas productivas y de la soberanía nacional.
El modelo combina planificación centralizada con dinámicas de mercado dentro de un esquema de capitalismo de Estado o “gobierno mixto”. Esta articulación ha permitido canalizar grandes volúmenes de inversión pública y privada hacia sectores considerados estratégicos.
La estrategia gubernamental articula, principalmente, tres objetivos: fortalecer la economía digital y acelerar la infraestructura tecnológica de conectividad; consolidar campeones nacionales en tecnologías de la información, comunicación e IA (como Baidu, Alibaba, Tencent y Huawei) dentro de polos de innovación como Beijing, Shanghái y Shenzhen; y construir un marco institucional capaz de asegurar el control soberano y la dirección estatal sobre el desarrollo de tecnologías emergentes.
Tal como argumenta Kai-Fu Lee, uno de los factores diferenciales de China radica en la magnitud de su capital humano en ingeniería y en la implementación de un enfoque “tecno-utilitarista”, que recompensa la velocidad de adopción y el despliegue dinámico de capitales. A ello se suma la escala poblacional del país y, por consiguiente, su capacidad para generar enormes volúmenes de datos útiles para el entrenamiento de algoritmos de aprendizaje profundo.
El modelo estadounidense: mercado, ecosistemas privados e industrias críticas
Frente a la planificación estatal china, Estados Unidos articula un ecosistema más descentralizado, impulsado principalmente por el sector privado y por empresas tecnológicas de frontera como OpenAI, Microsoft, Google, Anthropic y NVIDIA.
Sin embargo, la contraposición entre “Estado chino” y “mercado estadounidense” resulta insuficiente. El ecosistema tecnológico norteamericano opera también en estrecha relación con el Estado federal y con agencias estratégicas de defensa e inteligencia, entre ellas DARPA y el Departamento de Defensa. Esto responde, en buena medida, al carácter de uso dual —civil y militar— de numerosas tecnologías emergentes.
Washington también ha transformado progresivamente su percepción estratégica sobre Beijing. China dejó de ser concebida prioritariamente como un socio y pasó a ser identificada como un competidor capaz de disputar posiciones centrales del orden internacional. En este contexto, las sucesivas estrategias estadounidenses de seguridad nacional han vinculado la primacía tecnológica con la seguridad nacional y la conservación del poder global.
Para contrarrestar el avance chino y preservar su ventaja en modelos de lenguaje a gran escala, semiconductores e infraestructura de cómputo, Estados Unidos ha recurrido especialmente a dos mecanismos.
El primero son los controles de exportaciones y las restricciones sobre la transferencia tecnológica, dirigidos a limitar el acceso chino a software de diseño avanzado, equipos de fabricación y chips de alto rendimiento destinados a inteligencia artificial.
El segundo es la reorganización de las cadenas globales de suministro mediante políticas de nearshoring y friend-shoring, orientadas a relocalizar la fabricación de componentes estratégicos y reducir la dependencia de puntos críticos de Asia Oriental.
Los grandes nodos de la disputa tecnológica
La carrera hegemónica alrededor de la inteligencia artificial se sostiene sobre una arquitectura material formada por datos, infraestructura de conectividad y capacidad de cómputo intensivo. Los semiconductores avanzados constituyen, en ese sentido, uno de sus principales cuellos de botella.
Estados Unidos intenta restringir la capacidad de cómputo china mediante controles sobre hardware y tecnologías críticas. China, por su parte, incrementa sus inversiones en capacidades domésticas de fabricación para reducir su vulnerabilidad frente a proveedores extranjeros.

En materia de datos también aparecen diferencias estructurales. China dispone de ventajas vinculadas a su escala poblacional y a un régimen de gobernanza que facilita la captura de información a gran escala. Estados Unidos conserva, en cambio, una posición privilegiada debido a la extensión global y diversidad de sus principales ecosistemas de software.
Finalmente, las redes 5G y 6G, la computación en la nube y los centros de datos constituyen el soporte material sobre el cual circulan esos recursos. De allí que la disputa tecnológica también se transforme en una competencia por el control de la infraestructura global de conectividad.
Robótica, el cuerpo de la IA
La robótica constituye la manifestación física y de uso dual de la convergencia entre inteligencia artificial y manufactura. La disputa abarca desde la automatización industrial hasta el desarrollo de sistemas militares autónomos.
En China, planes como Made in China 2025 buscaron fortalecer la soberanía operativa de las cadenas productivas, afrontar las consecuencias del cambio demográfico y sostener la posición industrial del país. Empresas estatales y grandes compañías privadas desarrollaron capacidades en servomotores, reductores de precisión, sensores y sistemas automatizados.

Además, la integración de estas tecnologías dentro de la doctrina de “fusión civil-militar” facilita la transferencia de innovaciones comerciales hacia aplicaciones de defensa, incluidos distintos sistemas autónomos y enjambres de drones.
Estados Unidos mantiene fortalezas particularmente importantes en software de percepción, navegación autónoma, sensores, arquitectura algorítmica y prototipos militares, apoyándose tanto en laboratorios de investigación como en empresas de robótica avanzada y programas vinculados a DARPA.
La fricción hegemónica aparece, por lo tanto, en dos dimensiones simultáneas: el control de la automatización productiva y la capacidad de desarrollar sistemas militares autónomos.
Cables submarinos, la infraestructura invisible del poder digital
Más del 95% del tráfico transoceánico de datos circula a través de redes de cables submarinos de fibra óptica. También una parte sustancial de las transacciones financieras globales depende de estas conexiones. Por eso, quien participa de su instalación, mantenimiento y arquitectura interviene sobre una de las principales columnas vertebrales de la economía digital.
Históricamente, este mercado estuvo dominado por compañías occidentales como SubCom, de Estados Unidos, y Alcatel Submarine Networks, de Francia. Sin embargo, China incrementó rápidamente su participación a través de empresas como HMN Tech, anteriormente Huawei Marine Networks.
Washington respondió con presiones diplomáticas, restricciones e incentivos destinados a excluir a determinadas compañías chinas de licitaciones estratégicas. El argumento estadounidense se concentra particularmente en los riesgos de interceptación de información, vulnerabilidades de infraestructura y ciberespionaje.
Beijing, en contrapartida, impulsa la denominada Ruta de la Seda Digital y participa del financiamiento e instalación de infraestructura que conecta Asia, África, América Latina y Europa. La competencia ya no se limita entonces a quién vende servicios de telecomunicaciones. También involucra quién controla las rutas por las cuales circula la información global.
Tecnología espacial y la disputa en la órbita
El dominio espacial combina telecomunicaciones, proyección geopolítica y capacidad militar. La competencia se ha desplazado desde el posicionamiento tradicional de satélites hacia la ocupación de la órbita terrestre baja y, progresivamente, hacia la exploración del espacio profundo.
Estados Unidos cuenta con un poderoso ecosistema privado, representado particularmente por SpaceX y su constelación Starlink, que ha ampliado considerablemente la capacidad de ofrecer conectividad satelital global y ha demostrado su importancia operacional en conflictos contemporáneos.

China responde mediante proyectos estatales de gran escala como Guowang y Space Sail, destinados a desarrollar constelaciones propias y reducir la dependencia de sistemas controlados por compañías estadounidenses. A esto se suma BeiDou, su sistema global de navegación satelital, que permite disminuir la dependencia del GPS norteamericano.
La competencia se extiende incluso hacia la Luna. Estados Unidos articula el programa Artemis, mientras China participa junto con Rusia en el proyecto de una Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS). La dimensión espacial de la disputa hegemónica ya no pertenece únicamente a la ciencia ficción. Ya forma parte de las estrategias de largo plazo de ambas potencias.
Computación cuántica y seguridad de la información
La tecnología cuántica podría producir un cambio de paradigma informático. El desarrollo de ordenadores cuánticos suficientemente potentes podría comprometer algunos de los mecanismos criptográficos sobre los cuales se sostiene actualmente la seguridad de redes gubernamentales, financieras y comerciales.
En este campo aparecen estrategias parcialmente diferenciadas. Estados Unidos concentra importantes capacidades en procesadores, hardware cuántico y desarrollo de algoritmos y estándares de criptografía poscuántica. China, mientras tanto, ha realizado avances especialmente importantes en distribución cuántica de claves mediante redes terrestres y satélites como Micius.
La disputa cuántica no se limita, por lo tanto, a determinar quién dispone del ordenador más potente. También implica definir quién puede construir las comunicaciones más resistentes y quién estará mejor preparado ante una eventual transformación de los actuales sistemas criptográficos.
Biotecnología: datos genéticos como activo estratégico
La biotecnología constituye otro vector emergente de seguridad nacional y prosperidad industrial. El acceso a grandes volúmenes de secuencias genómicas, combinado con bioinformática e inteligencia artificial, abre posibilidades en salud pública, agricultura, producción farmacéutica y diseño biológico.
China ha consolidado grandes actores en este ámbito, entre ellos BGI Group, y desarrolla capacidades de secuenciación a gran escala con apoyo estatal. Estados Unidos, por su parte, ha incrementado el escrutinio sobre compañías biotecnológicas chinas y sobre la posibilidad de que datos genéticos sensibles terminen bajo control de actores vinculados con Beijing. En consecuencia, la propiedad, almacenamiento y utilización de información genética comienzan a incorporarse a la agenda de seguridad nacional.
¿Hacia dos ecosistemas tecnológicos?
La divergencia entre Estados Unidos y China conduce hacia lo que diferentes analistas de relaciones internacionales denominan decoupling o desacoplamiento tecnológico.
Esta dinámica podría consolidar dos ecosistemas crecientemente diferenciados: uno atlántico-occidental, estructurado alrededor de estándares predominantemente estadounidenses, mercados tecnológicos privados regulados y controles sobre la transferencia de hardware sensible; y otro articulado alrededor de China, sus cadenas industriales, su política de soberanía digital y las infraestructuras vinculadas a la Ruta de la Seda Digital.
Para los países en desarrollo, esta transformación abre un dilema particularmente relevante. El llamado Sur Global puede verse presionado a adoptar estándares informáticos, redes de telecomunicaciones, proveedores tecnológicos e incluso plataformas espaciales vinculadas con uno u otro ecosistema.
En consecuencia, la disputa tecnológica entre Estados Unidos y China no consiste simplemente en determinar quién desarrolla mejores algoritmos o produce los chips más avanzados. Lo que se encuentra en juego es la capacidad para organizar las infraestructuras materiales y digitales sobre las cuales funcionará una parte creciente de la economía, la seguridad y la vida social.
La infraestructura científico-tecnológica se transforma así en una de las principales divisas del poder geopolítico contemporáneo. La batalla por la inteligencia artificial es apenas su expresión más visible.
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